Hacia el abismo

¿Cuántas veces os habéis sentado delante del ordenador o un papel con la intención de expresar todo lo que pasa por vuestra cabeza y no lo ha salido nada? A mi me ha pasado infinidad de veces. Esta es una de ellas. Supongo que será la crisis. Pero no la crisis económica a la que ya estamos más que acostumbrados. Tampoco hablo de la crisis migratoria de la que tan de moda está hablar en las últimas semanas. Hablo de otra crisis, la de los treinta y pico.

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Seguro que más de uno entiende perfectamente a lo que me refiero cuando hablo de la crisis de los treinta y pico. Podéis llamarle como queráis: crisis, incertidumbre, punto de inflexión… A mi le gusta llamarle abismo. Porque realmente se trata de eso, de un abismo. El abismo que se presenta ante ti cuando ves que la vida pasa y que todas esas promesas, ilusiones y expectativas que se habían formado en tu imaginación cuando eras más joven no se materializan.

Es duro mirar atrás y comprobar que no eres ni la sombra de lo que tenías planeado ser hace quince años, ¿verdad? Te veías como una persona con éxito, laboral y personal, rodeado de amigos, viajando, quizás con una casa en el campo, disfrutando del amor, de la vida en general. Pero llegas a los treinta y pico y descubres que la realidad es otra. Tu profesión no es como pensabas, el amor es algo muy diferente a lo que te contaba Súper Pop, y lo de viajar es complicado, cuando tienes dinero no tienes tiempo y cuando tienes tiempo no tienes dinero.

¿Y el abismo? El abismo es lo que viene. La incertidumbre, el qué pasará. “¡Todavía eres muy joven!”, se aventuran muchos a decir. Bueno, lo de joven es verdad, a pesar de que las primeras lineas de expresión ya han aparecido y junto a ellas las primeras canas en la barba. Pero quizás ya no seas tan joven para ciertas cosas. “¡Reinvéntate!”, te dicen. Me río yo de las reinvenciones. Seamos realistas, para reinventarse, además de buenas ideas, se necesita pasta. Esas historias de éxito que todos leemos sobre personas que arriesgaron todo para emprender y poner en marcha sus propias ideas son escasas, muy escasas. La mayoría de personas que deciden tener ese tipo de aventuras acaban volviendo a casa de sus padres.

Si la vida no te sonríe... hazle cosquillas.

Si la vida no te sonríe… hazle cosquillas.

Pero tranquilos que siempre hay alguien ahí para recordarte que hay que ser positivo, que todo lo bueno llega, que algo bueno te espera… ¡Qué pesados! Dicen que no hay que rodearse de personas tóxicas pero, sinceramente, creo que los tóxicos son aquellos que cada día se despiertan mandando mensajes llenos de positivismo. “Si la vida no te sonríe, sonríele tu a ella”, ¡venga ya, no me jodas! Que no digo que no haya que ser positivo y pensar que todo saldrá bien, que lo creo. Pero pienso que lo menos positivo es pasarse todo el día creando falsas esperanzas. No por nada, simplemente porque todo lo bueno que se supone que está por llegar puede suceder o no, y luego vienen los llantos.

Y algunos pensaréis: “Problemas del primer mundo, ¡con la de gente que lo pasa mal en otros lugares del planeta!”. Estoy de acuerdo. Son problemas del denominado Primer Mundo. Pero es que yo no tengo la culpa de haber nacido en él. ¿Qué hago?, ¿dejo de pensar en qué pasará en el futuro, en si voy a encontrar el trabajo y el amor de mi vida o si voy a conseguir vivir en el campo con mis perros? Son mis problemas, los del Primer Mundo, los problemas que me ha tocado vivir. Evidentemente menos importantes que los que sufren muchas personas en otros lugares, pero son los míos.

Y ahora que levante la mano quien no entienda de lo que hablo… ¡Ay la crisis!

Compañeros de piso

En muchas conversaciones, foros y medios de comunicación se habla de los nuevos modelos de familia. Ya no solo se habla de la familia tradicional de toda la vida, ahora se habla de madres y padres solteros, parejas homosexuales, familias con hijos de diferentes parejas en plan tribu de los Brady, abuelos con nietos, tíos con sobrinos… Existe un sinfín de combinaciones. Pero hay una que en la mayoría de ocasiones se pasa por alto y que se debería tener muy en cuenta, una que con los tiempos que corren está en pleno auge: las personas que comparten piso.

Tal y como está la economía, el mundo laboral y los sueldos, hay gente que se ve obligada a compartir casa y gastos con otras personas. Otros simplemente lo eligen como forma de ahorro. Antes compartir piso era algo circunstancial, una cosa que hacían los jóvenes cuando se iban a estudiar fuera o algo que hacías en un momento puntual de tu vida, pero hoy en día es normal encontrar gente de más de 30 que comparte piso, por eso hoy quiero poner en valor esta forma de vida y quiero incluirla dentro el grupo de nuevos modelos de familia, porque al final tus compañeros de piso, en cierto modo, se convierten en tu nueva familia.

“Se busca compañero de piso”

Como todo modelo de familia, éste también tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Una de las grandes ventajas es que compartir piso te permite conocer a todo tipo de gente, cada uno de su padre y su madre. Esto te ayuda a tener una mente más abierta a la hora de afrontar diferentes situaciones y también a entender que no todo el mundo debe pensar igual que tú.

Al compartir piso cuentas con la ayuda de diferentes profesionales que en un momento dado te pueden echar una mano sin que tu bolsillo se resienta. En mi caso he compartido casa con gente que en ocasiones me han podido servir de ayuda: abogados, farmacéuticos, periodistas, ingenieros… ¡hasta un repartidor de páginas amarillas! Y si encima esa persona es de otro país puedes aprovechar para aprender y mejorar tus idiomas. Ni que decir tiene que cuentas con el psicólogo en casa, ¿quién no se ha desahogado alguna vez con sus compañeros de piso?

Otra ventaja es compartir gastos. ¿Quién no está hasta la coronilla de pagar facturas? Yo también, pero dividido entre tres parece que no sienta tan mal. Eso de no tener que pensarse dos veces el encender la calefacción es algo que no todo el mundo se puede permitir.

Además, para aquellos a los que no les guste estar solos es perfecto porque en casa siempre hay alguien que te da compañía. Por cierto, una ventaja más es que la nevera nunca está vacía, aquello que te falta lo puedes encontrar en el estante de arriba, o en el de abajo…

Pero no es oro todo lo que reluce. Compartir piso también tiene multitud de inconvenientes que a veces te hacen pensar que lo mejor sería hipotecarte hasta las cejas y tener tu propia madriguera.

Vamos allá: pierdes parte de tu intimidad, hay ruidos en casa cuando lo que te apetece es estar en silencio, cuando quieres cocinar los fogones están ocupados, la suciedad a veces se multiplica por tres… Pero si lo pensamos, ¿no ocurre lo mismo cuando vives con tus padres o con tu pareja? Mi repuesta está clara: sí.

Las relaciones que se establecen entre compañeros de piso a veces son tan estrechas que incluso en ocasiones la cosa acaba en divorcio. Yo mismo he sufrido uno de ellos. En una ocasión no sólo compartía casa con una compañera, también trabajábamos juntos. Llegamos a tal nivel de tensión que decidimos separarnos de mutuo acuerdo. Necesitábamos espacio y que cada uno pudiera hacer su propia vida, así que lo mejor antes de que la amistad se fuera al garete fue el divorcio. Pero nos separamos de buen rollo ¡eh! Incluso hicimos una celebración para comunicárselo a nuestros amigos más cercanos.

La relación con tus compañeros de piso puede ser tan estrecha que a algunos los llegas a considerar hermanos. De hecho, yo no creo que solo cuente con un hermano, mi hermano de sangre, sino que tengo varios. Y lo bueno es que están repartidos por el mundo, así que siempre tienes algún lugar que visitar. Tengo una hermana en Valencia, varios en Málaga, e incluso una que ahora está en Qatar.

Supongo que como ya me pasó con la casa de mis padres, algún día tendré que independizarme y buscar mi propia cueva para estar, como dicen, “a mi rollo”.  Pero por ahora ese momento no ha llegado.

Camino a la salida 34 (en memoria de Duna)

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Duna.

 

Quince. Son justo los kilómetros que separan mi casa de la Salida 34, la que te lleva hasta el Hospital Veterinario Sierra de Madrid, y son los que tuve que recorrer hace unos días, para desgracia nuestra. Parece mentira que una distancia tan corta dé para tanto. En ese rato, unos 10 minutos, me dio tiempo a pasar por varios estados de ánimo: la angustia, la desesperación, la rabia, el dolor, la resignación… Todos negativos.

Pero hoy me siento delante del ordenador para hablar en positivo porque, en definitiva, es con lo que me voy a quedar de ti.

Decirte que por encima de todo estoy feliz de haber tenido la posibilidad de haber compartido contigo estos seis años de nuestras vidas. Recuerdo haber hablado alguna vez con amigos que quieren tener mascotas y siempre les he dicho “chicos, no lo hagáis nunca”. Pues me retracto, se lo recomiendo a todo el mundo, es la mayor experiencia que hasta ahora he podido tener. Sobre todo porque junto a ti he aprendido el significado del amor incondicional, del amor sincero, de verdad.  Querer de verdad ha sido quererte a ti y eso es algo que estará conmigo siempre. Solo hay un pequeño problema, que cada vez te echo más de menos.

Y no soy el único al que le pasa. Aquí hay mucha gente que no se olvidará de ti nunca: los abuelos, los sobrinos, todas aquellas que compartieron casa contigo: Cristina, Ana, Elena y Tere, y muchas más personas que te quisieron mucho. Así que tranquila que entre todos mantendremos vivo tu recuerdo.

 

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Duna, tan contenta.

Pero da igual, el baúl hoy está repleto de recuerdos que se quedan aquí conmigo. El primer viaje que hicimos juntos que, por cierto, lo pasaste fatal, nuestros largos paseos por el Parque del Tío Jorge, la cara que ponías cuando te llevaba a la ducha, tus trastadas, tu compañía. Todavía tengo la sensación de que en cualquier momento vas a aparecer y te voy a encontrar tirada en mi cama, esperando a que llegue y te haga cosquillitas. Echaré de menos tu olor, tus ladridos, tu presencia, que todo esté desordenado, que la cocina siempre esté llena de trastos, tu correa, tu cama, tus juguetes. Lo que más me duele es que te hayas ido así, sin más, tan de repente. Siempre supe que te iba a echar de menos, pero nunca pensé que iba a llegar hasta este punto. El día a día yo na va a ser lo mismo.

Reconozco que estoy un poco enfadado porque no sé qué podría haber hecho para que te quedaras. No sé si no tuve capacidad de reacción y pienso que todavía podrías estar aquí conmigo. Pero eso ya da igual, te pedí perdón por si alguna vez te había hecho daño y sé que estamos en paz.

Eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida y ahora lo que toca es aprender a vivir sin ti, pero contigo siempre en mi corazón, en mi cabeza. Siempre presente, siempre conmigo.

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Hasta siempre Duna

Te quiero Duna. Descansa en Paz.

Adiós Esperanza

 

Dicen que la redacción de un medio de comunicación en ocasiones se convierte en el lugar con más gente desinformada por metro cuadrado. Creo que a veces tienen razón.

El pasado miércoles ocurrió la noticia que ningún periodista querría dar, y ese espacio donde trabajamos se transformó en un auténtico hervidero donde las informaciones surgían rápidamente y el tiempo de reacción era mínimo. Entre tanto desbarajuste, pude leer que en el accidente ferroviario de Galicia habían muerto cinco vecinos de mi ciudad, de San Fernando. Inmediatamente llamé a mi padre para saber si le había pasado algo a alguna persona conocida y me dijo que no.

Cuál fue mi sorpresa dos días después, y de ahí lo de ser periodista y estar desinformado, cuando leyendo la prensa local en casa descubrí que había una persona que había formado parte de mi vida y que había fallecido en el accidente, la señorita Esperanza.

Fue hace mucho tiempo. Sólo tenía siete años cuando la vi por primera vez, empezaba tercero de EGB, lo que hoy en día se conoce como Primaria, en el Colegio Puente Zuazo. Mi hermano, que ya había sido alumno suyo, me dijo que era una mujer dura pero que quería mucho a los alumnos. Y así fue, era una profesora de las de antes, de esas que hoy en día ya no hay porque la Ley no lo permite. Era cariñosa, nuestra madre durante el tiempo que pasábamos en la escuela, pero también una mujer de armas tomar, que no dejaba pasar ni una.

Me vine abajo cuando me enteré. Por muchas razones. Porque, como cada vez que pasa una desgracia como esta, te das cuenta de que en este mundo solo estamos de paso, que en cualquier momento llega la hora de decir adiós, que nos centramos en demasiadas cosas que no tienen importancia y dejamos de lado lo realmente importante. Y por el dolor que sabía que familiares y amigos de los fallecidos estaban pasando.

Pero también pensé: “Lo que se pierden los niños que no han podido dar clase con Esperanza”. Mentiría si dijera que recuerdo a la perfección cómo eran las clases con ella, pero todavía tengo en mi mente sensaciones asociadas a esa época, micro recuerdos. Los días de carnaval confeccionando los disfraces que los profesores inventaban, los primeros exámenes, nuestra profe mandándonos a callar, y la riñas con ella. A mí siempre me decía “Antonio, te llevo por la calle de la amargura”, y se reía.

Sólo recuerdo una anécdota. Hicimos un examen de Naturaleza y suspendí. No sé a vosotros, pero en mi clase nos obligaban a llevar los exámenes a casa y devolverlos firmados por los padres. Me daba tanto pavor lo que me pudieran decir mis padres que falsifiqué la firma, y ya os podéis imaginar qué clase de firma puede hacer un niño de siete u ocho años. Aquello no se lo creía ni Dios, y evidentemente la señorita Esperanza tampoco se lo creyó. Me cayó bronca, pero no destructiva, fue una lección constructiva, como ella sabía hacer. Aprendimos tanto de ella…

La educación no sólo es cosa de nuestros padres, también lo es de nuestros profesores. Con ella aprendimos a respetar, a compartir, a ayudar… Estoy seguro que desde ahí arriba nos mira a todos con orgullo y junto a su marido Paco comenta: “Mira cariño, ¿ves a ese chico que ahora es periodista?, pues ese fue alumno mío, y me dio una guerra…”. Ella sentó las bases para hacer de nosotros personas de provecho, con valores, por eso estoy seguro de que gente como Noelia, Mª del Mar, Paola, Alejandro, Fran y todos mis compañeros de clase le han dedicado estos días más de un minuto de sus pensamientos y han rescatado recuerdos que tenían prácticamente olvidados.

Y eso es lo que la mala suerte se ha llevado. Una mujer de los pies a la cabeza, una mujer llena de valores, una amante del carnaval y de las costumbres de nuestra tierra, una profesora de raza y seguro muchas más cosas que su gente sabrá mejor que yo.

Desde aquí todo mi apoyo y respeto a su familia, y a todos los afectados por esta mala jugada del destino.

Descansa en paz Esperanza.

 

(In)Visibilidad

 

En estos días se celebra el Orgullo Gay, de mejor o peor manera, en numerosas ciudades de nuestro país. Haciendo memoria me he acordado de un reportaje que grabé en 2009 en Zaragoza y me gustaría compartir aquella experiencia con vosotros.

Bajo el lema “Amar sin armarios, vivir sin fronteras”, en aquella ocasión el colectivo LGTB aragonés pretendía reivindicar la discriminación tanto por la identidad sexual  como por el origen de las personas. Mi compañera Cristina y yo estuvimos varios días grabando la preparación del desfile y buscando, con poco éxito, testimonios de personas que quisieran dar la cara y contarnos su experiencia vital, cómo vivían su homosexualidad. Nuestra sorpresa llegó cuando en algunas asociaciones LGTB nos decían que la gente tenía miedo a ser reconocida en la televisión. Nos parecía una buena ocasión para ofrecer al colectivo algo que siempre ha reivindicado: visibilidad. Pero a pesar de abrirles las puertas de un medio de comunicación para poder expresar sus ideas muchos se negaron.

Todos estamos hartos de escuchar a representantes del colectivo en medios de comunicación pidiendo “visibilidad”, y yo me pregunto: ¿dónde debe estar el origen de ésta?. Visibilidad no es simplemente pertenecer a una asociación que te haga sentir una persona más reivindicativa, tampoco es reunirte con personas de tu misma condición para contar tus penas, la visibilidad nos está en los guetos. Visibilidad es salir a la calle de la mano con tu pareja y con toda la naturalidad del mundo plantarle un beso delante de todos, y no tener miedo a lo que venga luego, ¡eso es visibilidad! Los heterosexuales lo hacen y no temen nada, así que porqué deben temerlo los homosexuales.

Tan sencillo como un beso.

Entiendo que en algunas comunidades ser homosexual es más complicado que en otras, evidentemente no es lo mismo serlo en Madrid que en Soria. Supongo que en muchas ocasiones la diferencia está en la escasa cultura LGTB que tienen en algunas zonas, o en la represión, que a estas alturas de la película sigue existiendo.

Lo que sí es verdad es que sólo existe una manera de luchar contra todo esto y es muy simple: haciéndose visible. Comprendo que las reivindicaciones son necesarias para conseguir dar pasos importantes, sobre todo a nivel legislativo, pero también es necesario reivindicar la normalización del día a día del colectivo, es decir, que la gente vea los gestos cotidianos, como un simple beso, con naturalidad.

Que sí, que sí, que entiendo que cada uno tiene derecho a vivir su sexualidad como le dé la gana, dentro o fuera del armario, y que para muchos aceptarse a sí mismo supone un proceso lento, traumático y doloroso. Pero, como una vez me dijo una gran amiga, en esta vida sólo hay una manera de luchar y es cogiendo al toro por los cuernos. ¡Eso es lo que hay que hacer!  Quien quiera vivir su sexualidad en la sombra que la viva, pero es más recomendable vivirla de cara al sol, de frente, sin tapujos, sin historias raras. Aún queda mucho por conseguir pero creo que es mejor hacerlo dando la cara, que es como se tienen que hacer las cosas.

Feliz Orgullo a todos.

Ser o no ser guay

“Hola, soy guay”.

¡Que levante la mano el primero que nunca se haya propuesto ser guay! Si, si, ser guay; una palabra que poco a poco está cayendo en desuso pero que todos sabemos qué significa. Una palabra que hasta la Real Academia de la Lengua Española recoge en su diccionario. Su significado: “Muy bueno, estupendo”. Yo diría que en este sentido la RAE se queda un poco corta con la definición. Si de mí hubiera dependido habría puesto: “Muy bueno, estupendo. ¡Aquella persona u objeto que es lo más!”. Los que ahora pasamos por los treinta hemos convivido con esta palabra desde pequeños, aunque más que convivido yo me atrevería a decir que hemos luchado con o contra ella.

Desde muy jóvenes hemos tenido que enfrentarnos a ser guays y a todo lo que esto conlleva. Con cinco años lo guay era tener un monopatín y un chandal de tactel, a los diez no eras nadie si no tenías una Gameboy, y a los 15 tu vida se iba al traste si los vaqueros que llevabas no eran unos Levi’s 501. Aún recuerdo la primera vez que tuve mi Gameboy entre las manos. Me costó mucho trabajo que mis padres invirtieran 13.000 pesetas, unos 75€, en comprar un capricho que durante un tiempo hizo que fuera de los más guays de la clase. Todos querían verla, tocarla y, como no, jugar con ella. Algo que por otro lado nunca consiguieron porque a mi no me gusta que toquen mis cosas…

Desde siempre hemos querido que todos se giren al vernos y digan “¡Hey, mira qué tío más guay!”. Pero claro, con el paso de los años seguir manteniendo ese estatus es muy complicado, o mejor dicho: muy caro.

Prepara tu tarjeta, la necesitarás.

Hoy por hoy para ser guay tienes que estar a la última en todo, no se te puede escapar ningún detalle. Tienes que estar al día en tendencias, tecnología, información… Demasiadas exigencias para cualquier españolito de a pie que con suerte gane 1.000 € al mes y que tenga que hacer frente a una vida de adulto. Es complicado, aunque no imposible, para eso existen las tarjetas de crédito. ¿Cómo lo pagaré?, ya se verá…

Si quieres ser un chico o una chica guay búscate un asesor financiero porque te va a hacer falta. Así, de pronto, con menos de 3.000 € no tienes ni para empezar. Lo primero que tienes que tener es un buen teléfono, y cuando digo un buen teléfono me refiero al último modelo de Apple, Samsung o HTC, ninguno baja de los 500€. A esto le tienes que añadir un tablet, no estaría mal tener un Ipad o un Windows RT, añadimos unos 500€ más. Ya van mil… Y ahora suma y sigue: un ordenador, que si es Mac mejor que mejor (1.100€), unos buenos auriculares Beats Audio (200€), ropa de primeras marcas tipo G-Star Raw, Fred Perry, Tommy Hilfiger, Polo Ralph Lauren… el conjuntito más o menos te saldría por unos 400€ y si le añadimos unas New Balance para ir bien calzados sumamos 125€. No nos olvidemos de la ropa interior, unos calzoncillos XTG o Calvin Klein 25€ c/u, ni que decir tiene que se necesita mas de uno… Hay que oler bien así que añadamos al carrito de la compra una buena colonia, 70€. Por supuesto hay que cultivar el cuerpo y la mente. Un gimnasio, que no puede ser cualquiera, te cuesta en torno a los 60€/mes, si quieres le añades un entrenador personal por 40€ cada sesión,  y una academia de inglés, con suerte, 100€/mes. ¡Aaarg!… de repente me ha dado un poco de agobio…

No eres guay. ¡Supéralo!

Atento, porque si no tienes todo esto no serás guay. Y cuidado, porque no tenerlo puede desembocar en dos problemas muy serios. El primero es el rechazo. Jamás formarás parte de esa élite llena de jóvenes intolerantes que necesitan alimentar su ego con tecnología y algodón, ¡no tienen piedad! Y el segundo y más grave: convertirte en un pseudoguay, que es lo peor que te puede pasar. No luches contra tu naturaleza, asume que no eres guay y punto, no todos podemos serlo. Es mejor admitirlo que irte al Carrefour a comprarte un tablet de 100 € que siempre te dará vergüenza enseñar a tus amigos. Otra opción sería comprártelo todo y tener la nevera vacía, alimentarte a base de pasta cocida y latas de sardinas. Eso ya es decisión de cada uno.

Lo mejor, tirar por el camino de en medio. Tener lo que necesites, comprar lo que puedas y llevarlo con la mayor dignidad posible. Recuerda que la clase y el estilo no se compran, se tienen. Hay mucha cateta suelta con aires de grandeza, y eso si que no es nada guay.

¡Por una alopecia digna!

El drama de ser calvo.

Hace unas décadas a un hombre le podían ocurrir dos desgracias en la vida: ser soltero y quedarse calvo. Tanto un hecho como con el otro suponían un importante problema, algo que incluso les podía llevar a la depresión y la exclusión social. Lo de la soltería poca solución tenía más que resignarte a vivir con tus padres o hermanos y pasar a formar parte de los “amargados del pueblo”. Pero lo de la alopecia era otra cosa, tenía solución. Era tan sencillo como dejarse crecer los laterales de la cabellera a lo Santiago Segura, luego solo había que armarse de valor (y mucha laca) y peinarlo de manera meticulosa para simular que todavía se gozaba de una buena salud capilar, una engañifa que ni siquiera los que la practicaban se creían. Por aquellos entonces estos señores tenían que estar muy al día de la información meteorológica, porque los días de viento era mejor quedarse en casa o hacerse con un buen sombrero para prevenir las malas pasadas que te podía jugar una ráfaga de aire inesperada.

A Dios gracias, la cosa ha ido cambiando con el tiempo y hoy en día, poco a poco, los hombres se están dando cuenta de que la alopecia no es ningún mal que no se pueda superar. De hecho hay estudios que aseguran que los calvos son percibidos como personas más poderosas que aquellas que lucen una larga melena. De los calvos se dice que despiertan mayor deseo sexual, que parecen más fuertes y atléticos, e incluso que se perciben como más altos.  Aún así, queda mucha gente que se niega a aceptar que ha pasado a formar parte del selecto grupo de “hombres sin pelo” y, a pesar de haber dejado de suponer un problema psicológico y social, siguen luchando para que no se noten esas “entraditas”.

Paseando por la calle todavía se ve a hombres, incluso jóvenes, intentando tapar lo que ya no se puede de manera ridícula y yo me pregunto: ¿por qué lo hacen? Ser calvo tiene innumerables ventajas, por ejemplo: no tienes que peinarte, ahorras dinero en champú,suavizante, gomina y demás productos, no pierdes tiempo secándote el pelo y, además, no tienes que preocuparte de ir a la última en tendencias de peluquería. Tu look es siempre el mismo y tienes la suerte de que se trata de un estilo que nunca pasa de moda, algo monótono eso sí, pero no pasa de moda.

Constantino Romero, un calvo muy digno.

Entre los hombres más conocidos de nuestro país podemos encontrar ejemplos de algunos que han llevado su calvicie de una manera muy digna, y otros que no han sido capaces de asimilar el problema que tenían hasta que ya han estado bien entraditos en años. Constantino Romero es el vivo ejemplo de hombre que ha sabido lucir su calva sin ningún tipo de complejo. Corría el año 1987 cuando alcanzó una gran popularidad con el programa “El tiempo es oro” de TVE y por aquellos entonces su cabeza ya lucía bien brillante. De hecho le preocupaba tan poco no tener pelo que ni siquiera se afeitaba el contorno de la cabeza, lo llevaba tal cual, donde había pelo lo dejaba crecer y donde no lo había no lo ocultaba. ¿Y qué pasó? Absolutamente nada, todo el mundo le respetó y le respeta como profesional, sin tener en cuenta el estado de su cabellera.

José María Iñigo liberado de su peluca.

La otra cara de la moneda la vemos representada en el excelente periodista, pero con la autoestima un poco baja, José María Iñigo. No sabemos en qué momento este señor pensó que nadie se daría cuenta de que el pelo que llevaba en su cabeza era falso. Durante años se convirtió en el personaje con peluquín más famoso del país. Hasta que un día en 2006, después de más de 30 años llevando pelo de mentira y para sorpresa de muchos, en su vuelta a la televisión de la mano del programa “Supervivientes” de Telecinco decidió arrancárselo de cuajo y empezar a vivir una vida sin complejos. Desde entonces se le ve más feliz.

Por supuesto no podíamos dejar pasar la ocasión sin hacer una pequeña mención a otro compañero que decidió plantarle cara a la alopecia de una manera radical: Hilario Pino, el hombre que ha conseguido tener más pelo a los 50 que cuando era una adolescente.

Soluciones a la alopecia hay muchas: pastillas, ampollas, champús, tónicos, sprays, injertos… Algunas de dudosa efectividad y otras que funcionan de verdad. Pero yo me pregunto: ¿realmente merece la pena perder el tiempo y el dinero luchando contra algo que es natural? Por mi parte creo que la mejor solución para la alopecia es aceptarla y llevarla con la mayor dignidad posible. Y ahora gritad todos conmigo: ¡Arriba los calvos!, pues eso…

Once upon a time…

En busca del final feliz.

Érase una vez… Así empieza el cuento de nuestra vida, el que siempre esperamos que tenga un final feliz. ¿Quién no ha salido alguna vez a la calle en busca de su alma gemela? Esta idea, la de la media naranja, es algo que nos han metido en la cabeza desde pequeños, no es genético, inherente al ser humano. Pero como contra eso no podemos luchar, siendo responsables directos del consecuente trauma nuestros padres, abuelos y Walt Disney, y el tiempo corre en nuestra contra, lo mejor es que seamos prácticos a la hora de hacer una preselección de posibles candidatos/as a subirse al trono con nosotros.

Como la aventura se presenta harto complicada, ya que para dar con alguien interesante hay que buscar entre mucha paja, es importante tener en cuenta ciertos parámetros básicos que nos ayudarán a desechar a aquellos que desde primera hora no nos van a servir. Y como estoy aquí para ayudaros, voy a hacer una pequeña reseña de algunos factores que no se pueden pasar por alto a la hora de elegir pretendiente, si no queremos llevarnos un chasco. Son pocos, pero es importante tenerlos en cuenta para que todo salga bien ya que, si uno de éstos no se cumple, posiblemente el cuento acabe convirtiéndose en una pesadilla. Hablo de cuestiones básicas, que están por encima del físico o el intelecto,  a las que luego cada uno deberá aplicar sus múltiples exigencias haciendo referencia a la altura, el peso, color de pelo, nivel de estudios, situación económica o gustos sexuales, pero en esto creo que todo el mundo debería estar de acuerdo. Son sólo dos.

Primero: saber leer y escribir.

Primero y principal, el candidato/a debe saber leer y escribir. Ya, ya lo sé, todos estaréis pensando “¡Por Dios! Hoy en día todo el mundo sabe leer y escribir”. Pero no me refiero al simple hecho de haber estado escolarizado en algún momento de la vida, me refiero a saber hacerlo de verdad. Es decir, leer de manera fluida, interpretando bien los signos de puntuación, haciendo las pausas correspondientes y dando a las frases su sentido original. Y por supuesto, saber escribir, al menos de manera correcta. Entiendo que en la vida se pueden cometer muchos errores, y que entre ellos se encuentran los ortográficos. Más hoy en día, ya que la comunicación se basa en gran parte en la escritura gracias a las aplicaciones móviles, al correo electrónico o a las redes sociales. Yo mismo habré cometido fallos en este post pero, por favor, hay ciertas expresiones que pueden hacer mucho daño a la vista. Tendréis que estar alerta si en algún momento recibís mensajes que contengan expresiones como “a ver”, cuando en realidad se quiera utilizar el verbo “haber”, “a un” en vez de “aún”, o incluso, y esto es verídico, “a sin” en vez de “así”. Si la persona en cuestión os envía un mensaje que contenga alguna de estas expresiones debéis desecharlo directamente, la historia no llegará a buen puerto. No tiene que ser García Lorca ni, por nombrar a alguien más ligado a la actualidad, Caballero Bonald, que ha recibido esta semana el Premio Cervantes. Con que escriba como Maxím Huerta es suficiente. No cuesta tanto trabajo. Si de todos modos os topáis con una persona que no sabe que “vaca” es el animal y “baca” el portaequipajes que se colocaba hace unos años en el coche, os animo a que le prestéis un libro y que le incitéis a leer, es una buena costumbre. Es algo que se puede solucionar, sólo necesitan un poco de ayuda.

Una sana costumbre.

Y segundo, y para mí el más importante, es que debe tener una buena higiene bucal.  Parece ser que hay cierto sector de la población que no se da cuenta de que el mal aliento no sólo se queda dentro de la boca, sino que al hablar sale de ella y pasa a formar parte de la atmósfera, infectando el aire que respiramos y, por lo tanto, provocando las consiguientes ganas de vomitar. No sólo hablo de malos alientos, también de incómodos restos de comida. Es lógico pensar que ya bastante desagradable es, en ocasiones, llevar a cabo un intercambio de fluidos tan lícito como el que incluyen algunas personas en sus besos de tornillo,  como para encima tener que mezclarlo con restos de pollo, atún o salsa agridulce. Si no queremos deshacernos del posible candidato/a es fácil enseñarle a mantener su dentadura y encías sanas y en pocos pasos puede aprender a hacerlo. Es tan sencillo como coger un cepillo de dientes, aplicarle un poco de pasta fluorada, pasarlo enérgicamente por cada una de las piezas que componen nuestra dentadura y por la lengua durante un par de minutos, y luego sencillamente aclarar hasta que la espuma desaparezca de la boca. Ni que decir tiene que aún se pueden conseguir unos mejores resultados si al finalizar la operación complementamos el cepillado con un buen enjuague bucal. Y todos tan felices.

Tan importante es tener en cuenta estos parámetros como preguntar por ellos al susodicho. No dudéis en hacerlo, hay gente que no tiene reparo en preguntarte por asuntos mucho más comprometidos e íntimos como tu regularidad intestinal o tus prácticas sexuales más habituales.

Nadie dijo que fuera fácil, y está claro que también hay que tener en cuenta otros puntos básicos como la inteligencia, el físico, el carácter, el sentido del humor o la pasión. Pero tened en cuenta que todos estos aspectos quedan relegados a un segundo plano a la hora de iniciar una relación sentimental si no se cumple con las dos premisas relatadas anteriormente.

Y por cierto, un consejo final: tened un cepillo de dientes siempre a mano y aprenderos, al menos, el título de un par de libros, por si acaso os preguntan…

¿Why don’t you love me?

Está claro que uno no le puede gustar a todo el mundo. Todos tenemos nuestros defectos y, cómo no, también nuestras virtudes, y éstos no tienen porqué ser del agrado de la mayoría de la gente. ¿Quién no ha tenido … Sigue leyendo